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Creo que llegué a amarla, que con mis ojos le palpé la piel y con los frenesíes de mi imaginación la mantuve en el espacio deleitoso que solo paladeamos los nefelibatas lelos que dejamos de preocuparnos por los misterios del tiempo y vamos por la calle paso a paso sin que nadie nos vea ni descubra el alboroto que llevamos por dentro. Un día se fue. No volví a verla. Los dueños de la valla la trastearon para algún desván, quizás se casaron con ella o se la llevaron de rumba o ella misma se enclaustró en un convento para vocaciones tardías o encima le pintaron flores o figuras. Me hizo tanta falta que con algún pretexto ingenuo busqué a mi amigo Maldonado, con la curiosidad de saber en qué andaba su mundo onírico que yo ya conocía cuando era él uno de los invitados a participar en esa gran locura que fue el Festival de cultura colombiana del año 2000, en Milán, disparate de tantos imprevistos que pareció más una pequeña Torre de Babel que la propuesta presencia del arte colombiano en el emporio cultural de Italia. Tenía de su pintura el recuerdo de una atmósfera impactante por el aislamiento, la soledad y la melancolía. Personajes terrestres y extraterrestres encerrados en un pequeño cuarto penumbroso, pero listos a desprenderse de sus lienzos como si alguien corriese el aldabón de la ventana y los soltara al mundo rutinario enloquecido por el vértigo y semejante a una ola que flotase en el océano del instante. Quizás yo fui uno de ellos. Ahora, en el estudio nuevo de Fernando, con la abundante y blanca luz de las tres de la tarde y lleno de ventanas y de sueños colgados, me encuentro frente a frente con la misma mujer que comparte con un desconocido el humo de la sopa cotidiana bajo la luz intensa de una lámpara colgada del techo, en un ambiente donde el mismo desamparo de siempre invade el ánimo y se transforma en fuerza sensorial que empuja hacia el silencio pero despierta gritos interiores de los que uno tras otro pueblan el tiempo detenido. Así, los cuadros de Fernando son otras ventanas por donde podemos atisbar la convivencia de la realidad con la fantasía, el resplandor con la penumbra, el vuelo de la imaginación que planta atmósferas de Edward Hooper (otro artista que yo siento vibrar en el influjo pictórico de Maldonado), imágenes de aquellas que soñamos despiertos, planos de la armonía y el equilibrio alrededor del juego, paisajes donde la figura humana y los objetos que la complementan descubren un lenguaje para el regodeo de la luz, remembranzas de Pollock, elucubraciones de Mondrian, danza del viento, exégesis sin límites de un universo que no es el que miramos sino el que presentimos y creamos. |
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