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Mientras repasaba los apuntes
de Religión, lo saqué, lo acaricié, se creció
con rapidez y gracias a Marisol, desnuda y dispuesta en mi mente,
de pronto, sin dar espera, un misil voló hacia el techo.
El cuarto tenía una cama, un armario, una mesita para estudiar,
un asiento y un cielo raso como de cuatro metros de altura. El líquido
vivificante comenzó a escurrirse en forma de estalactita
sobre mis apuntes, pero eso no era lo más grave: había
que limpiar la mancha. Ni siquiera con la ayuda de una escoba y
una toalla humedecida y parado sobre la mesa, el asiento y un tarro
de galletas, logre alcanzarla. En ese momento decidí no confesarme
más. Me imagine la romería de gente corroborando la
potencia de tantos años de inocencia.
En la década del setenta la locura era inminente. Eduardo
Serrano, director de la Galería Belarca, expuso a Luis Caballero
y Darío Morales y organizó la primera exposición
erótica en Colombia con la participación de más
de treinta artistas.
Las puertas de las casas se abrieron y penetraron en ellas las expresiones
de avanzada. En las salas de espera se colgaron escenas de placer
que hace posible el coito con los ausentes. La onanista de Leonel
Góngora acordándose de sus picardías se masturba
de una manera desgarradora y expele un aroma para atraparlo en un
perfume. Góngora, el artista colombiano que más ha
viajado por el erotismo, primero en México y luego en Estados
Unidos, recreó el tema con avidez, pasando por los espacios
ambientales que penetraron el lado oculto, onírico y erótico
de la María de Isaacs, hasta llegar a las pasiones perversas
y la bestialidad.
En los salones principales de las casas se exhibían los elementos
eróticos de Jim Amaral, fragmentados y ensamblados en un
rompecabezas semiótico y psicológico de la vida, pasión
y muerte del
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Efraím Martínez
Culto de Safo, 1927c. Carboncillo sobre papel, 30.5 x 24 cm |
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Pedro Nel Gómez
Danza frenética, 1974. Acuarela, 56 x 75 cm |
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Domingo Moreno Otero
El beso de la madre del amor y de la muerte, 1925c.
Óleo sobre tela, 165 x 362 cm.
(Panel central), Museo Nacional |
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hombre. Su masturbación potente y vaporosa es
surrealista. En los dormitorios, en lugar del Sagrado Corazón,
lucían el color y el paisaje sodomita de Ángel Loochkartt.
En las alcobas, las niñas, en lugar de alumbrar la virgen
de Chiquinquirá, rendían culto a las vírgenes
de Augusto Rendón, dispuestas a recibir, falo en bandeja,
los secretos del amor bisexual.
"El Movimiento Erótico" continúa su balanceo
con el poeta de los pliegues, de la luz y la ilusión y con
la ninfa de la culinaria poética: Omar Rayo y Erica Jong.
Ellos nos deleitan con una sinfonía, a ritmo lento, donde
la mujer marca el paso a la medida de su deseo.
El pintor y su modelo, Darío Morales y Ana María,
llevaron sus cabellos largos y exóticos vestidos a París.
Allí protagonizaron una historia de amor, arte y erotismo
que se respira en el aire de sus pinturas. De la misma generación
Luis Caballero enaltece el amor entre hombres y el desnudo masculino.
Su juguete erótico está dispuesto para ser acariciado
por el canto de Agueda Pizarro. Los otros artistas de este movimiento
engrandecen los placeres en feroces batallas de damas andrófagas
con caballeros andróvoros.
La locura y la lujuria
se elevan en "El Erotismo Religioso". El arte piadoso
salió de las iglesias y se despojó de la función
litúrgica. La virgen María, Santa Teresa, San Francisco,
el ángel de la guarda y los mundanos obispos y curas, se
dejaron tentar por el delicioso demonio de la carne. David Manzur
inoculó con la saeta del deseo a Santa Teresa en las Transverberaciones
y a la médium María la sedujo con serenatas que el
arcángel San Gabriel le regalaba como prueba de su amor hereje.
Son visiones de un erotismo místico plagado de humor y veneno.
Testigo de la violencia, el horror, la tortura y el llanto, Pedro
Alcántara, dentro de un contexto más terrenal, nos
muestra como doman los resabios de una pecadora confesa: un grupo
de clérigos exorciza su espíritu maligno y le expulsa
la posesión demoníaca en un ritual infernal. Ella,
en cuatro, sólo espera la absolución.
El colmo de la locura es el "Folclor Zoofílico".
Zeus, después del rapto de Europa y Leda, vino al río
Magdalena a desbordar su lascivia en las muchachas criollas. A la
hija del ribereño se la llevó en su grupa de burro.
Con su poder proteico se transfiguró en el poeta Raúl
Gómez Jattin, dando nacimiento a la zoofilia poética
folclórica criolla.
En 1973, la orgía del sexo entres dimensiones fue pública.
En el Museo de Arte Moderno de Bogotá, Feliza Bursztyn puso
a copular a las parejas al compás de motores eléctricos
que hacían danzar los cuerpos en orgasmos mecánicos.
"El Homenaje a Chía" es un segundo clímax dedicado
a los dioses y padres libidinosos y a los artistas espasmódicos
que han dado saltos cortos pero sustanciosos hacia el erotismo en
compañía de la alucinación, la ternura y el
misterio. El sátiro de Bettelli, en una atmósfera
de deseos verdes rapta a una ninfa, madre insaciable de las ninfómanas.
El dios Apu en la Mitología Inca, es humanizado por Villegas,
el guerrero de los mitos. En medio de colores alucinantes, perdidos
en la oscuridad del misterio y de las texturas jadeantes, una parejita
se deleita con la complicidad del Ser Supremo.
"Las Venus Criollas" hermosas y eróticas, encarnan
en su expresión el bizarrismo de la belleza ideal. Sus pinturas
alborotan a los señores con los desnudos de senos erectos,
nalgas titilantes y vaginas en tic tac, más desnudas y en
flor en el "Jardín de los Deleites".
En el homenaje a las embarazadas, Cuchaviva, su dios protector,
es testigo de la gestación y parto de un nuevo ser. No le
importa que sea hijo de señoritas bien, de vírgenes
trabadas o desvergonzadas.
Las delicias del amor y el erotismo, con sus realidades y fantasías
expresadas en el arte, permitieron dar a luz el Espíritu
Erótico que todos llevamos dentro de nosotros en los genes
y en las ganas.
Paz y amor
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FERNANDO GUINARD |
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Darío Morales
Mujer desvistiéndose, 1986.
Óleo sobre tela |
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Pedro Nel Gómez
Rapto en el Casanare, 1970. Acuarela, 57 x 79 cm |
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José Rodríguez Acevedo
Desnudo, 1928. Óleo sobre tela, 105 x 72 cm |
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