Por Fernando Guinard
 

En la región norte del Perú, entre el cuatrocientos y el ochocientos de la era cristiana, la cultura Moche o Mochica, representó en cerámicas escultóricas una rica y variada gimnasia coital. Descomunales falos penetran inocentes doncellas y mancebos. La locura total. En la Colombia prehispánica, los orfebres, escultores y ceramistas Taironas, Sinúes, Muiscas, Quimbayas, Calimas, Agustinianos y Tumacos, representaron escenas lúbricas. El antropólogo, investigador y profesor universitario Álvaro Chaves Mendoza, presenta y analiza las actitudes de los antepasados precolombinos.

El trasplante de la cultura conquistadora castró todo tipo de manifestación plástica erótica. Cundió la mojigatería. Baltasar Vargas y Gaspar de Figueroa, realizaron los únicos destapes en cuatro centurias. En el siglo XVII, le bajaron la blusa a Santa Bárbara bendita, exhibieron su teta derecha y la cercenaron con el filo de la espada del verdugo. Un hilillo de sangre en forma de media luna quedo surcando su pecho.

En 1899, Epifanio Garay, bogotano, pintor y retratista de la república fósil presentó al público su pintura "La mujer del Levita Efraín". Fue el primer desnudo que debutó en sociedad; las personas que tuvieron la osadía de mirarlo lo hicieron bajo su propia responsabilidad. Se escandalizaron con la teatral escena, protestaron contra el pintor y su pintura, en público, en el atrio de la catedral, en privado en las piezas de sus amantes.

Francisco Antonio Cano
El sueño de la solterona
, 1912c. Óleo sobre lienzo, 52 x 62 cm.

 

Miguel Díaz Vargas
Sin título, 1920c. Óleo sobre cartón, 29 x 20 cm

Andrés de Santa María fue el primer artista colombiano que rompió con la academia, desvistió a las modelos en la escuela de Bellas Artes de Bogotá y las pintó en orgías de luz que cubrían sus cuerpos desnudos. En el mismo ámbito, pero en otro cuento, Francisco Cano, Miguel Díaz Vargas, Domingo Moreno Otero, Efraím Martínez y José Rodríguez Acevedo, en compañía de los escultores Marco Tobón y Roberto Henao Buriticá, representaron la desnudez académica. Eran recreos inocentes.

A principios de la década del treinta, tres paisas, el santandereano Luis Alberto Acuña y el escultor boyacense Rómulo Rozo, rompieron, como Santa María, con la academia, dieron mal ejemplo a sus paisanos y sedujeron a sus modelos. En 1938, Ignacio Gómez Jaramillo descubrió en el Capitolio Nacional los frescos "La liberación de los Esclavos" y "La Insurrección de los Comuneros".

Años más tarde, por orden de Laureano Gómez, los frescos fueron cubiertos por unas vulgares láminas de zinc que pretendían callar los ecos de la liberación y la insurrección. Después de muchos años los estudiantes de la Universidad Nacional marcharon por las calles protestando por semejante exabrupto y destaparon el velo púdico de la ignorancia y la afrenta. El Club Unión de Medellín expuso en 1939, las obras sensuales de Ignacio Gómez Jaramillo y Débora Arango, motivo inmediato de escándalo. A la exposición sólo podían entrar los señores. Algunas señoras que se colaron a mirar estos desnudos, fueron excomulgadas a la velocidad del relámpago.

Pedro Nel Gómez, por su parte, rindió homenaje al cuerpo humano y al pueblo; los retrató en su completa desnudez y en su ambiente de luchas, fábulas y amores. Los mitos de la jungla, enriquecidos por las versiones de los cantores del cuento y la leyenda, reencarnaron el espíritu de Santa Bárbara en La Patasola. El espíritu de Bárbara, despechado y gimiente, se encontraba vagando por las selvas y los ríos. La Patasola, pechisola también, se hizo famosa por expresar a gritos su deseo de acostarse con cualquier minero en la oscuridad de los bosques, donde además seducía niños y vírgenes, y les chupaba todo, hasta la sangre. La Drácula criolla y su marido el Mohán se cuentan entre algunos de los mitos revividos por la pintura de Pedro Nel Gómez.

 
                     
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