Andrés de Santa María fue el primer artista colombiano que rompió con la academia, desvistió a las modelos en la escuela de Bellas Artes de Bogotá y las pintó en orgías de luz que cubrían sus cuerpos desnudos. En el mismo ámbito, pero en otro cuento, Francisco Cano, Miguel Díaz Vargas, Domingo Moreno Otero, Efraím Martínez y José Rodríguez Acevedo, en compañía de los escultores Marco Tobón y Roberto Henao Buriticá, representaron la desnudez académica. Eran recreos inocentes.
A principios de la década del treinta, tres paisas, el santandereano Luis Alberto Acuña y el escultor boyacense Rómulo Rozo, rompieron, como Santa María, con la academia, dieron mal ejemplo a sus paisanos y sedujeron a sus modelos. En 1938, Ignacio Gómez Jaramillo descubrió en el Capitolio Nacional los frescos "La liberación de los Esclavos" y "La Insurrección de los Comuneros".
Años más tarde, por orden de Laureano Gómez, los frescos fueron cubiertos por unas vulgares láminas de zinc que pretendían callar los ecos de la liberación y la insurrección. Después de muchos años los estudiantes de la Universidad Nacional marcharon por las calles protestando por semejante exabrupto y destaparon el velo púdico de la ignorancia y la afrenta. El Club Unión de Medellín expuso en 1939, las obras sensuales de Ignacio Gómez Jaramillo y Débora Arango, motivo inmediato de escándalo. A la exposición sólo podían entrar los señores. Algunas señoras que se colaron a mirar estos desnudos, fueron excomulgadas a la velocidad del relámpago.
Pedro Nel Gómez, por su parte, rindió homenaje al cuerpo humano y al pueblo; los retrató en su completa desnudez y en su ambiente de luchas, fábulas y amores. Los mitos de la jungla, enriquecidos por las versiones de los cantores del cuento y la leyenda, reencarnaron el espíritu de Santa Bárbara en La Patasola. El espíritu de Bárbara, despechado y gimiente, se encontraba vagando por las selvas y los ríos. La Patasola, pechisola también, se hizo famosa por expresar a gritos su deseo de acostarse con cualquier minero en la oscuridad de los bosques, donde además seducía niños y vírgenes, y les chupaba todo, hasta la sangre. La Drácula criolla y su marido el Mohán se cuentan entre algunos de los mitos revividos por la pintura de Pedro Nel Gómez. |