MUSEO Y CONTEMPORANEIDAD
Por Gustavo A. Ortiz

Se separa con mucha facilidad el contenido simbólico del contenido social cuando se habla de arte, se privatiza demasiado la mirada sesgándola hacia los elementos formales o a los factores de mercado que producen rendimientos y se olvida que sin una comunidad no hay circulación ni vitalidad simbólica, esto incide en el empobrecimiento de la mirada y por tanto del lenguaje y la dinámica social.

Un caso paradigmático lo constituye en nuestro medio artístico colombiano la creación del Museo de Arte Contemporáneo, fundado en 1966 dentro de un barrio popular en la periferia de la ciudad de Bogotá, escojo este caso por ser y creo no equivocarme, el único museo de nuestro país que se ha creado por iniciativa de una comunidad con el objetivo de tener un espacio de encuentro activo para discutir y decidir, un lugar para reconocerse en sus diferencias como cuerpo.
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Gustavo A. Ortiz

Al contrario de otros museos éste no nace de los intereses de un selecto grupo, o de los deseos de figuración de un político con preferencias culturales; su contexto es totalmente diferente, en 1957 se da inicio a una experiencia comunitaria novedosa en un lote carente de acueducto, electricidad y accesos vehiculares junto al río Juan amarillo, los que llegaban allí para cimentar el Barrio Minuto de Dios se comprometían a construir un proyecto que tenía como objetivo el desarrollo integral del hombre y de todos los hombres, buscar nuevas formas de propiedad y un nuevo modo de vida social donde cada uno aportaba para el enriquecimiento de todos.

Construir comunidad no es de ninguna manera tarea fácil, nuestra exposición constante a los cantos de sirena del consumismo y la competencia constante por el poseer nos hace invertir la escala de valores para resaltar lo añadido llámese ropa, vehículos, casas, poder, sobre lo esencial, lo característico del ser humano; en otra palabras nos ha llevado a dar mas importancia a los objetos que a las personas en todos los campos desde la economía, la política y aún la cultura. Hay que revertir esta fórmula dando a la persona la supremacía moral sobre lo material.

Es el trabajo comunitario y solidario el que puede hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona para responder a su propia vocación.

De los médium a los media

La separación en los contenidos es consecuencia de una corriente fuertemente afincada que tiene sus orígenes en la confusión entre media (lo que une, lo que conecta y comunica, lo público) y médium (lo que interpone, interpreta, lo privado), durante milenios el arte cumplió una función simbólica que sustentaba los estamentos del poder político, religioso o comercial , sólo unos cuantos tenían su soporte físico y sólo unos cuantos conocían las claves para su interpretación, su exposición siempre estaba mediada, aunque no podemos afirmar que esto haya desaparecido, se entronizaba así al médium, aquel que podía tender un puente para acceder a la verdad o descifrar las voces que los signos entrañaban, sin ellos no era posible en-tender. Pero la imagen no puede ser canalizada a través de un solo espectro, sus rizomas y axiomas son de tal complejidad que se resemantizan con el tiempo, con sus repositorios y con los canales por los que son difundidos.

Ser el depositario de ésas claves simbólicas le da al médium un poder, un algo que los otros no poseen, un líquido que los demás desean beber y que él puede proveer.

Esa mirada sesgada, esa interpretación unívoca sostiene un sistema de circulación de la producción simbólica que a su vez sostiene un mercado regido por la escasez en donde a través de un sinnúmero de filtros llamados galerías, museos, salones, bienales, curadurías, y demás se entroniza ya sea un estilo, un nombre o una obra que debe tener un carácter único.

Nos han dicho tantas veces “solo unos pocos pasarán”, “…pocos los escogidos”, ésta labor de filtrado la cumple el médium, que no necesariamente es una sola persona, se puede tratar de un jurado, un comité, un consejo o cualquier figura colegiada, sobre todo en la modernidad.

A consecuencia de esta selectividad, la circulación de la obra debe ser concordante y sólo pude estar en espacios previamente acoplados a la lógica de la elite.

El médium sostiene, alimenta y legitima a esa elite y ésta a su vez sostiene, alimenta y legitima a sus mediums.

En el caso colombiano se ha hecho mas evidente esta función por la escasez de espacios expositivos y de difusión de las prácticas artísticas y culturales, acentuada con gravedad en la periferia urbana y en ordenamiento territorial de una nación que persiste en el centralismo que margina constantemente las iniciativas locales en aras de mantener su estructura de poder no sólo político sino cultural y vemos sus consecuencias en los grandes desequilibrios sociales que nos afectan. Este sistema centrado y jerarquizado sólo permite el crecimiento de una ínfima parte de los actores culturales y esteriliza el campo cultural al proporcionar una sola visión y un solo lugar, solo lo que deslocaliza puede civilizar.

El canal es el media, el hilo que conduce, la red que enlaza, el cable que conecta, hoy se ha llegado a decir que el medio mismo es el mensaje(1), que el canal determina la forma como es percibido su contenido.

La proliferación de medios hace que en nuestra sociedad hiper-comunicada entronice la cultura para dar un significado a la muerte en ausencia de las religiones, y de allí el axioma “cuando se vacían las catedrales, se llenan los museos”.

La cultura articula valores, congrega experiencias colectivas, elabora memoria e identidad, sistematiza el conocimiento, la creación contemporánea se ha volatizado, se ha fragmentado, se ha acelerado pero la celebración colectiva requiere de un ritmo más pausado y recogido que congregue a la sociedad.

No es suficiente con acceder o con tener el medio, es necesario darle un significado, un sentido, una voz y es allí donde el medio hace de multiplicador de la experiencia estética.

Esta transposición en la esfera pública se rige por una economía de la abundancia cuyo axioma es “más difusión, más circulación, más valoración, más conocimiento”, hay una radical multiplicación de los espacios de diálogo público en una nueva dinámica de la producción activista que valida la experiencia estética como depositaria del contenido de la comunidad; es esa experiencia de reconocimiento con los otros sujetos en la coincidencia sin condicionamientos sobre el juicio de gusto, la valoración y la misma experiencia es lo que llamamos belleza.

En la contemporaneidad se afianza la dispersión por lo que se hace indispensable un sistema fragmentado, una red no jerarquizada que represente la diferencia y los imaginarios multiplicados en espacios acentrados de distribución social.

Es allí donde el museo tiene la oportunidad de constituirse en un instrumento eficaz que permita la recepción universal de la experiencia estética, no exclusiva para una clase privilegiada sino inclusiva a todo sujeto de conocimiento y apartándose del entorno exhaustivo que lo organiza meramente en términos de industria cultural y por tanto a estar regulado por el mercado.

La idea moderna del museo ha fracasado como ideal regulador y en consecuencia urge su desmantelamiento; el surgimiento de formas y espacios alternativos de dominio público han sido una de las constantes en las prácticas artísticas críticas de la segunda mitad del siglo XX y apuntan precisamente a la producción de objetos no musealizables o no sujetos a una cadena de valor que se sustenta en la exclusividad, unicidad y el culto personal, sino que privilegian lo efímero, lo colectivo, lo acentrado, lo inmaterial.

Si el arte no puede reducirse a una mera mercancía, con todas las consecuencias que esto tiene en los tratados de libre comercio, el museo tampoco es una exclusiva  tienda donde los objetos son esterilizados, estetizados y presentados de manera impecable, no cabe ya la manida cadena de distribución del trabajo que asigna a cada individuo una función y disgrega la capacidad creativa sometiéndola a escalas académicas para descalificar a los que no se sometan a sus ciclos; se trata de colocar en estado suspendido al menos en cuanto a experiencia estética compete de la diferencia entre productor y consumidor, entre artista y persona común para que se reapropie integralmente de su derecho a experimentar como sujeto que conoce, que se reabsorba en una nueva plataforma como prosumidor. Todo sujeto es capaz de establecer relaciones simbólicas, en otras palabras es capaz de hacer arte, por tanto aun cuando se parte de un plano individual su destino es colectivo y la construcción de esos significados implica una cadena simbólica que está inmersa en la comunidad.

El significado es el contenido semántico condicionado por su contexto de cualquier tipo de signo, dice Regis Debray.

El museo en la contemporaneidad está llamado a generar estrategias alternativas en la esfera pública que le posibiliten la articulación de discursos autónomos no mediados donde circule el conocimiento artístico en un rango expandido, estas alternativas incluyen dispositivos independientes del conocimiento artístico que le permitirán estructurar modos de exposición y distribución social del conocimiento artístico en dominios cada vez mas amplios.

Al reestructurar sus dispositivos de recepción pública, el museo tendrá una mayor pertinencia, un mayor significado ya que no se sustentará más en una visión unívoca sino en la multiplicidad de visiones y propiciará múltiples lecturas en un ambiente de aprendizaje no jerarquizado. Está dinámica lo impulsa a involucrarse en otros niveles y en otros canales para actuar como dispositivo multimedial de comunicación social, y dejar así la limitación moderna de contenedor, de emisor de los discursos lineales como repertorizador de inventarios y promotor de la exclusión de significados sociales.

Un sistema desterritorializado que multiplicará exponencialmente los imaginarios colectivos en  escenas de encuentro comunitario activadas en el dominio de lo público donde los sujetos activos se recocerán en su diferencia, discutirán sus voluntades, se reunirán para multiplicar su conocimiento simbólico y generarán emergencias no estabilizadoras con los dispositivos y sistemas de circulación derivados de las nuevas tecnologías que ya están ad portas y que muy previsiblemente rebasen los requerimientos de infraestructura de los espacios museales como hoy los concebimos.

En esta perspectiva, las profundas transformaciones que se están sucediendo en nuestras sociedades contemporáneas nos impelen a acciones para que las prácticas de comunicación visual no se resuelvan por medio de la absorción que caracteriza la industria del entretenimiento que cumple un ciclo mediático soportado por la mala publicidad que se comunica sólo a sí misma (2), sino como plataforma de comunicación directa que construya nuevas formas de comunidad efectiva en diálogo, reflexión, participación y acción en un dominio público sin neutralización.

La responsabilidad política pasa por el museo y como sujetos políticos, habitantes de la polis o sea de la diversidad, de la multiplicidad, de la diferencia, debemos tener la capacidad de concebir procesos de trasformación tanto en entorno privado como público con objetivos éticos, sociales y políticos asumidos de forma libre, voluntaria y racional; ya que todo proceso de construcción del yo en la contemporaneidad pasa necesariamente por el reconocimiento de su ubicación en lo público, esta tensión entre ambas esferas es la que la alimenta de complejidad la realización de un proyecto de comunicación visual ampliado.

Lo museal y lo fraternal

Al hablar de lo político también encontramos dos corrientes de pensamiento en conflicto sobre  los objetivos por un lado de libertad y por otro lado de justicia o igualdad, de hecho muchos pensadores lo asumen priorizando una idea sobre la otra, del lado del neoliberalismo se hace un énfasis en la libertad pero aplicada al ámbito de las relaciones económicas y en el pluralismo de las visiones del mundo pero no cabe la idea de justicia o bien común que queda reducida a lo procedimental o sea a la moderación del conflicto de intereses.

Por su parte los pensadores comunitaristas tienen una concepción del yo intrínsecamente relacionada con su posición dentro de la comunidad donde comparte sus hábitos de comportamiento regulados por sus creencias, relatos y experiencia, resultado de una elección, de una opción de vida que multiplica los escenarios de diálogo público y genera una producción activista de lo público como dominio políticamente activo.

Cabe entonces pensar, que hoy más que nunca el engranamiento no resuelto entre lo público y lo privado y por ende entre los ideales de justicia y libertad residen precisamente en la necesidad de dar sentido a las diversas formas de fraternidad.

Idea ésta, la de fraternidad, que sin lugar a dudas concierne de modo muy profundo y específico con la esfera de la experiencia estética, ya que es ella el repositorio del contenido mismo del sentimiento de gregariedad que caracteriza a las comunidades humanas.

En última instancia, es la belleza o la disposición armónica el argumento máximo de reconocimiento de hermandad de la especie humana, que se basa en el reconocimiento de una semejanza estructural con otros sujetos en una experiencia dinámica sobre la sensación de placer estético para generar un acuerdo unánime. Claro que este ideal de universalidad hermanada por el juicio de gusto es un sueño roto por los factores de todos conocidos derivados de la hegemonía cultural, el ordenamiento social y la supremacía económica.

¿Cómo podemos restaurar y propiciar el efecto de hermandad? ¿Desde dónde podemos crear estos enlaces para que la experiencia de fraternidad, de comunidad sea una realidad cada vez mas ampliada?

Es cierto que los museos como hoy los conocemos surgen del cambio de poder de las monarquías a las burguesías, las colecciones palaciegas pasan al dominio público y es así que grandes sectores de la población pueden tener acceso a ellas en los antiguos palacios reales o en edificios adaptados para esta actividad, pero a su vez este tipo de dispositivo sirvió de argumento con una carga ideológica y de vehículo del discurso oficial en la democracias recién surgidas en América.

Esta manipulación frustra de nuevo el ideal de un espacio en que los ciudadanos puedan encontrarse, discutir y decidir sobre los asuntos que les conciernen en común, según la definición de Habermas.

Postmedial

La tecnología se nos vende con la promesa de solucionar los problemas de la humanidad, la inmediatez en la comunicación, la facilidad de acceso a la información, el aumento del potencial creativo, la eficiencia en los procesos, la precisión y el aumento de la productividad.

Es una aparente panacea redentora que esconde muchas debilidades, la primera es su centralidad en lo instrumental, si no se posee la herramienta todos sus beneficios se anulan; la segunda en consecuencia es la dependencia, en palabras de Pierre Ducassé “las máquinas no existirían sin nosotros, pero nuestra existencia ya no es posible sin ellas”.

¿Qué resposabilidad nos cabe a cada uno de nosotros como artífices en al construcción de este mundo post medial y emergente?