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Cultura Tumaco |
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La
mayoría de los hombres gozaba a plenitud su actividad sexual.
En la época de siembras, de enero a marzo, se realizaban
fiestas con ritos mágicos para asegurar la fertilidad de
las cosechas: asíanse de las manos hombres con mujeres,
haciendo corro y cantando canciones, ya alegres, ya tristes, en
las que se referían la grandeza de los mayores, pausando
todos a una y llevando el compás, al son de unas flautas
y fotutos; tenían en medio las múcuras de chicha,
de donde iban esforzando a los que cantaban otras indias que estaban
dentro del corro, que no se descuidaban de darles de beber. Duraba
esta hasta que caían embriagados y tan excitados a la lujuria
con el calor del vino, que cada hombre o mujer se juntaba con el
primero o primera que se encontraba porque para esto había
general licencia en estas fiestas, aun con las mujeres de caciques
y nobles
(Simón,II, 306, 1882).
Pero
existían personas en la sociedad muisca para quienes el amor
físico, el erotismo y la sexualidad, estaban prohibidos.
Eran los ogque o sacerdotes, destinados desde muy jóvenes
al aislamiento, primero para el proceso de aprendizaje de sus funciones,
realizado en una casa especial llamada cuca especie
de seminario donde recibían la instrucción por parte
de sacerdotes ancianos y experimentados, aprendiendo el ritual,
el poder de la oración, la mitología y también
el desapego a las comodidades y los placeres, mediante una vida
austera y disciplinada, de ayunos y penitencias. Al terminar su
preparación eran llevados, con vestiduras de mantas pintadas,
ante el cacique para que en una ceremonia especial les colocara
narigueras, aretes y collares y les diera el poporo
para la cal y la mochila para las hojas de coca para su comunicación
con los dioses. Comenzaba entonces su vida sacerdotal que incluía
la curación de enfermedades; vivían en casas cercanas
a los centros ceremoniales donde recibían a los necesitados
de ayuda espiritual para darles sus consejos y medicinas. Su único
trato con mujeres era el de consejero y estaban obligados a permanecer
célibes por toda su vida. |
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Otro caso de especial interés
era el de los moxas muchachos púberes escogidos
para servir de víctimas en sacrificios. El moxa
era un mancebo natural de un pueblo que estaba fundado en
las vertientes de los Llanos, y que se hubiese criado desde pequeño
en cierto templo, que en él había dedicado al sol.
Pero este género de sacrificio no era común sino muy
particular, respecto de que los caciques solamente y personas semejantes
podían costearlo; porque a esos mancebos en teniendo hasta
diez años los sacaban de dicho templo algunos mercaderes
de su nación y los llevaban de provincia en provincia para
venderlos en subidísimos precios a los hombres más
poderosos los cuales en habiendo al moxa a las manos,
lo depositaban el algún santuario hasta que llegase a los
quince o dieciséis años en cuya edad lo sacaban a
sacrificar, abriéndolo vivo y sacándole el corazón
y las entrañas mientras le cantaban sus músicos ciertos
himnos que tenían compuestos para aquella bárbara
función. Pero si acaso el moxa (al tiempo que
estaba encerrado) se hubiese mezclado con alguna mujer de las que
había dedicadas al servicio de dicho Santuario, o con otra
cualquiera de las de afuera, y lo referido llegaba a noticia de
los sacerdotes, el moxa quedaba incapaz de ser sacrificado,
no teniendo su sangre por acepta al sol, con sangre pecadora y no
inocente y lanzábalo luego del templo como a infame, pero
al fin quedaba libre de muerte por entonces
(Piedrahita,
67, 1973). La virginidad como condición de pureza para ofrecer
la vida a los dioses, que en otros pueblos se exigía a las
mujeres, entre los muiscas la debía tener el varón
adolescente.
Las
relaciones incestuosas eran fuertemente castigadas. Al que
tuviese cuenta con su madre, con hija, con hermana, con sobrina,
que son entre ellos grados prohibidos, que los metiesen en un hoyo
de agua angosto, con obscenas sabandijas, y lo cubriesen con una
gran losa, do pereciese miserablemente, y ellas pasaran por la misma
pena
(Castellanos, 150, 1955). En cuanto a los homosexuales,
entre los muiscas eran juzgados de una manera diferente a los taironas
y su castigo era empalarlos con una estaca de una palma espinosa
hasta que les saliera por el cerebro, porque decían que era
bien castigado por donde había pecado
. Simón,
II, 300, 1882). |
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Cultura Tumaco |
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Los
varones de la nobleza podían tener muchas esposas y las de
los grandes caciques "llegaban muchas veces a ser ciento, y
aun las de Bogotá afirmaron haber sido trescientas" (Simón,
III, 397, 1981).
En
el Museo del Oro se hallaba exhibido un tunjo o figura sagrada que
servía como ofrenda a los dioses, donde se aprecia a una
pareja realizando una cópula. Es una pieza única como
representación del acto amoroso, en el estilo geométrico
y estilizado de la orfebrería muisca.
Chía,
la Luna, juega un importante papel en los relatos míticos
de aquella cultura. Después de la venida de Bochica, el dios
civilizador que enseñó a los muiscas a sembrar y a
tejer, apareció en la sabana esta diosa, hermosa y joven,
incitando a los hombres a dejar su labranza y a dedicarse a la bebida
y a los placeres, lo que logró con éxito, ante el
desmedro de las cosechas y el abandono del trabajo. Esta contravención
a las enseñanzas divinas atrajo la ira del dios Chibchacun,
quien desató un diluvio que anegó las tierras y trajo
la desolación y la muerte. Apareció de nuevo Bochica,
como salvador, y con un golpe de su bordón rompió
las peñas y formó el salto de Tequendama. Chiminigagua,
el creador, castigó a Chibchacun condenándolo a llevar
el mundo sobre sus espaldas; cuando se cansa y lo pasa de un hombro
a otro, ocasiona temblores y terremotos. La bella Chía fue
castigada y convertida en Huitaca, la lechuza, deidad de la noche.
Esta doble advocación femenina, al mismo tiempo proveedora
del placer sensual y causante de catástrofes, coincide con
la interpretación dual, del bien y la maldad como dos aspectos
de una misma entidad, que se encuentra comúnmente en las
regiones de los pueblos precolombinos y que en este caso corresponde
también al simbolismo del satélite terrestre, en sus
diversas fases. Para algunos autores Chía es la misma Bachué,
la madre primigenia que brotó de la laguna de Iguaque, en
el principio de los tiempos, con un niño a quien crió
y con quien tuvo muchos hijos en partos múltiples, creando
así la humanidad. En
la región Calima, del valle del Cauca, son notables las alcarrazas
con efigies femeninas. |
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