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Cultura Tumaco |
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Los
taironas, guerreros destacados y muy amantes y celosos de sus mujeres,
tenían en su ritual la costumbre de realizar actos homosexuales
masculinos en las casas ceremoniales. Como es de suponer, este comportamiento
aterró a los españoles, miembros de una cultura en
la cual lo sexual tiene significados pecaminosos, que en el caso
de por ellos llamado pecado nefando alcanzaba la categoría
de crimen y debía castigarse con la pena máxima. Encontrar
ese pecado realizado abiertamente y además sacralizado por
el lugar y la ocasión de su ocurrencia, hizo que para los
hispanos estos indígenas fueran considerados gente
tan sin virtud, tan monstruosa, que de ley natural no queda cosa
(Castellanos, 322, 1847).
Si
a todo esto añadimos el culto fálico que tuvieron
como práctica regular, comprenderemos la acentuación
del choque cultural en la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí
los naturales tuvieron el órgano viril como símbolo
de fertilidad tan deseada en pueblos de agricultores, cazadores
y pescadores. El falo aparecía tallado en la madera, en la
piedra y el hueso, modelado en la cerámica y fundido en el
oro, no sólo como objeto ritual puesto que los garabatos
tenían en su casa para colgar mochilas y calabazos y otra
baratijas, lo hacían en figuras abominables que incitaban
al pecado, al cual y al de las molicies, que también cometían
públicamente, convidaban desvergonzadamente a los españoles.
(Simón, V, 205, 1882). Hasta
que punto estas figuras de penes erectos pudieron tener un contenido
erótico para los taironas, no podemos saberlo; los españoles
si lo dieron por cierto y lo extendieron a lo pornográfico,
encontrando en ese culto una razón más para la condenación
de esta sociedad indígena, que a fines del siglo XVI fue
casi aniquilada. |
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Si
bien el falo puede representar fertilidad, como indicador del poder
fecundante masculino, en muchas culturas agrícolas el simbolismo
se enfoca hacia la contraparte femenina y es la mujer, como dadora
de la vida, el emblema de la continuidad vital. Tal es el caso del
Sinú, fértil región del norte de Colombia,
donde la relación mágica entre la mujer y la tierra
la encontramos en pequeñas figuras femeninas de cerámica,
adornadas con grandes narigueras y complejos collares, pero totalmente
desnudas, sentadas con las piernas abiertas para mostrar su sexo
enfatizado en el tamaño y los detalles. Lo femenino, la capacidad
reproductora se exalta al máximo mediante esta comparación
con la fertilidad terrestre, con la capacidad de repoblar de vegetación
los campos. Estas venus del Sinú son a un tiempo la mujer
y la tierra, son las madres de la humanidad.
Hermosas y graciosas
donadoras de sus favores fueron para los soldados españoles
las mujeres del Sinú, cuando en el avance conquistador llegaron
a los pueblos del sur de Cartagena. Sobre ello nos relata fray Pedro
Simón: No se reparaba mucho en que la novia estuviera
doncella como lo supieron los españoles en lo que le sucedió
a don Pedro de Heredia y sus soldados en el pueblo de Cipagua, donde
estando alojados en cierta labranza no lejos del pueblo, después
de haberles enviado el Cacique cuatrocientas viejas cargadas de
diferentes comidas, les envió mas de cien mozas, todas tan
de buen parecer, graciosas, hermosas y risueñas, que fueron
ocasión a que le pusiesen los nuestros por nombre el pueblo
de las hermosas; no traían otra cosa cubierta de su cuerpo
más de lo que podrían cubrir muchas vueltas de cuentas
de chaquira entremetidas con granillos de oro en las gargantas de
los pies, brazos y cuello, pero después de estar casadas
se advertía tanto en el adulterio que no pagaban menos que
con la vida ambos adúlteros. (Simón, V, 59,
1881). |
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Cultura Calima |
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El
aspecto de aquellas hermosas lo podemos apreciar hoy en las figuras
de cerámica de nuestros museos y colecciones, que concuerdan
con la descripción de los Cronistas: rostros armoniosos,
cuerpos esbeltos, una falda de algodón de la cadera a los
tobillos, los senos al aire, tatuaje y pintura en los hombros, los
brazos y la parte delantera del torso, y adornos de collares, narigueras
y aretes, que acrecentaban su atractivo. Por
su parte, los guerreros del Sinú, también pintados,
tatuados y adornados con joyas, llevaban por vestido solamente un
trozo de caracol dentro del cual colocaban su órgano sexual.
Este penestuche que era un caracol de oro en los capitanes,
tenía un significado simbólico especial: el caracol,
por ser un animal hermafrodita, lleva en sí mismo el principio
de lo masculino y lo femenino, o sea los elementos que unidos son
la fertilidad y la vida. Cubrir el sexo de esa manera, no era propiamente
darle una protección física pero sí mágica,
por cuanto el emblema vital por excelencia, el paradigma, el caracol,
guarda y protege el instrumento de la reproducción.
En
el frío altiplano oriental, las mujeres muiscas tenían
libertad sexual desde su pubertad hasta el momento de la boda: la
virginidad no era considerada condición necesaria por el
futuro marido, por el contrario se suponía que la mujer que
se conservara en tal estado no tenía los suficientes encantos
para ser requerida por los hombres; lo más importante era
tener una esposa fértil y las mujeres lo probaban de la manera
más evidente: aportando un hijo al matrimonio. Además
la mujer, demostrando su maternidad, evitaba el repudio que esperaba
a aquellas que no tuvieran descendencia, pues su función
primera y principal era la gestación el parto y la crianza
de los infantes. Después del matrimonio, sancionada la unión
de la sociedad, debía guardar fidelidad total a su marido
y el adulterio era castigado con la muerte tanto de la infiel como
de su amante, pero si éste era casado, el castigo consistía
en que dos hombres solteros se acostaban con su esposa. La mujer
anhelaba tener muchos hijos y para propiciar los buenos partos hacía
ofrendas de canutillos y láminas de oro a Cuchaviva, el arco
iris, protector de las embarazadas. |
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