Narciso
es una figura secundaria de la riquísima y deslumbrante mitología
de los griegos. Era de hijo del río Cefiso y la ninfa Liriope,
deidades menores del orden acuático; sus creadores le dieron
como nota característica a su existencia una extraordinaria
belleza física.
A la hora de su nacimiento Tiresias, el vidente, el arúspice,
el que estaba en posesión del más oscuro de los secretos:
el futuro, vaticinó a los padres que Narciso viviría
eternamente, pasaría con éxito la prueba de la muerte
si nunca conociera su propia figura.
La
belleza que es el más fatal de los dones conque los dioses
regalan a sus criaturas, hizo de Narciso el imán de las miradas
de todos los que cruzaban por su frente y el objeto ansiado en el
que se encontraban los sueños de amor de aquellos capaces
de amar que fueron alcanzados por el hechizo de su hermosura. De
él estuvo enamorada la ninfa Eco, condenada por la celosa
Hera a decir sólo las palabras finales de cualquier discurso
que intentara y a quien Narciso desdeñó precisamente
por su falta de palabra.
También
lo estuvo el joven Aminio quien tampoco fue correspondido y buscó
en la muerte el paliativo final a su pesar de desamor. Animio suplicó
a los dioses vengaran el desprecio de que le había hecho
objeto el cruel Narciso; fue oido en su petición por Artemisa.
La diosa enamoró al huidizo joven y cuando lo tuvo presa
de la más encendida pasión, se desentendió
de él.
Narciso
entonces, sumido en la desesperación y la angustia, se dio
a vagar por campo abierto, por jardines y por bosques. Un día,
cansado y sediento, llega a la orilla de un manantial de aguas frescas
y cristalinas; se tiende entonces a su orilla para beber pero ve
su imagen reflejada en el agua y queda prendado de ella. Y en adelante
no puede amar a otro ser que no sea a él mismo. Frente
al espejo que le brinda la superficie limpia del agua empieza a
descubrir su cuerpo, a recorrer con la mirada cada palmo de su piel,
a distinguir uno a uno los accidentes geográficos de su anatomía:
la suave pendiente del empeine, las protuberancias de los tobillos,
el talón que se afirma en el suelo de la orilla como base
de columna y los cinco dedos que parecen adherirse al suelo como
raíces a flor de tierra; las piernas que florecen en sus
caderas y en el resto del tronco, el montículo del sexo sobre
la planicie ondulada del vientre; el pecho, la breve caverna de
la axila, su cabeza, su rostro. Se mira de abajo arriba, de arriba
abajo, del principio al fin, del este al oeste, del norte al sur. Se palpa con la mirada y verifica el dato con las manos.
Nada le saca del asombro
que le causa la visión de su figura; nada supera la maravilla
de verse, de respirarse, de escuchar el latido del corazón,
eco torrencial de la sangre que fluye por las venas y arterias.
Ningún juego produce el ardor de la pasión que le
desata su propia figura.
No cesa de contemplarse
y entonces presa de la tentación de poseerse empieza a vislumbrar
la posible razón para que hubiera rechazado a la preciosa
Eco. No existe otro objeto de amor distinto del propio cuerpo, es
imposible la trascendencia.
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