Tu amorcito
Tu amorcito camina por las calles de la ciudad como pero sin dueño, se detiene en los escaparates a ver máquinas de escribir portátiles, mira hacia el horizonte lacustre en los atardeceres rojos, olfatea mujeres malas que a veces besa o toca la grupa con cariño (pero no estés celosa que tu amorcito es fiel a su manera; tampoco te dejes engañar por que ande correctamente vestido ni porque diga “buenas tardes”, “encantado”, “tanto gusto”, “compermiso”, pues ocasiones ha habido –tú lo sabes- en que por completo se desmanda y maltrata a mansas perras alemanas y a inescrutables patos inocentes llegando incluso a injuriar a tías y pediatras que lo estiman mucho). Al salir del cine tropical tu amorcito absolutamente se emborracha y se orina al pie de los árboles (frondosos) del parque de las tortugas; por eso no se turbe tu corazón si al día siguiente lo ves meditabundo; acaso piense en brutalidades sustantivas y diversas o en que su calcetín azul calado está irremediablemente roto.
Si con harta frecuencia hosco y arisco lo notas, arrúllalo en tus brazos y piernas de domadora de fieras, consérvalo lactando hasta que su hora haya llegado; por nada del mundo lo sueltes, que los iluminados últimamente están escasos y su mudez es inequívoco presagio del advenimiento de sectas calvas o barbadas a lo Cromwell o a lo Castro, ¿y quién te asegura que la salvación de Judá no depende del curvado miembro de tu amorcito? |