Estos son algunos conceptos no dogmáticos que el maestro Francisco Gil Tovar lanza al viento para que cada quien los reformule con su visión particular.
En la presentación del libro, el jueves 9 de noviembre de 2007, en la Fundación Santillana, Gil Tovar, con un tono de sabiduría impregnado con buenas dosis de humor, mostró su espíritu analítico, crítico y experimentador, carente de verdades objetivas pero plagadas de verdades subjetivas que sólo existen como Mentira del Arte.
Cada quien tiene, o cree tener su verdad. En la historia de la humanidad la verdad es la sumatoria de las mentiras de los que han ejercido los poderes políticos, económicos, culturales y propagandísticos, y que han convertido sus mentiras en verdades mentirosas.
Como buen sabedor de que nadie tiene la verdad Gil Tovar lanza “consideraciones que mariposean sobre el asunto para que el lector las cacé, las haga suyas y las rehaga, enriqueciendo en cualquier caso sus inquietudes”.
La Nefertiti del Museo del Louvre; el Antinoo de Farnesio, del Museo Nacional de Nápoles; el maestro de Tahull, del Museo de Arte de Cataluña; el icono con máscara del parque Arqueológico del alto Magdalena, mal llamado San Agustín, ubicado en el departamento del Huila en Colombia; la Monna Lisa de Leonardo da Vinci: “Ahí esta ella o él, de espaldas a un paisaje que ya no es el de su dulce Toscana, con los esfumatos que en pintura son los disimulos de la forma, con las cejas huidas, los labios a medio camino entre la risa y el llanto y las manos bellas pero reservadas. ¿Retrato o idea?, si retrato, ¿de quién?; si idea, ¿de qué?”.
Y por medio de la pintura de Jesús en casa de Leví de “El Veronés” cuenta las licencias que se permiten los pintores; con El Arcanjel Uriel del Museo de Arte de Lima ensaya sobre la diferencia entre la artesanía y el arte; con Antonio Canova ensaya sobre el espíritu de las modas en el arte y sus trivialidades; con la Muerte de Viriato de José de Madrazzo se explaya sobre la tontería de la pintura histórica; con la Noche Estrellada, de Vincent Van Gogh, del Museo de Arte Moderno de Nueva York nos muestra la espiritualización de las cosas humildes dotadas de un intenso contenido por la dramatización de su verdad; con el paisaje Murmau de Vasili Kandinski nos cuenta como las formas se independizan del autor y vuelan por los senderos de la subversión; con Henri Rousseau y el Sueño de Yadwigha, del Museo de Arte Moderno de Nueva York nos muestra como se hace poesía pictórica por la sensibilidad que capta nuevas percepciones; con los Prismas eléctricos de Sonia Delaunay se recrea con las formas dinámicas que transmiten las sensaciones de la energía; con Marcel Duchamp y la copia del Portabotellas nos explica la diferencia entre una obra de arte y un objeto de arte; con el Guernica de Picasso nos muestra la diferencia entre la ilustración y la creación; y continúa con las anécdotas y los artistas que están al servicio de teorías y gustos; y termina con el Desnudo junto a la estufa de Darío Morales paraº sugerir que: “Las destrezas, los conocimientos técnicos, y las habilidades artesanales han ido perdiendo valor en el desarrollo de las artes a cambio de ganarlo la expresión, la creatividad, el concepto, la capacidad de sugestionar” no sin antes expresar que esta tendencia es “como una leve brisa entre las vanguardias cansadas en la segunda mitad del siglo XX”. En resumen, el libro es un sabroso manjar para devorarlo en compañía de una amante estética. |