Juguete erótico
Me senté y me comí un loto.
No era para olvidarme,
como hacía en tiempos antiguos,
era para cambiar el color de la espuma,
que sale, a veces de mis orejas.
El loto sabía a sexo y leche,
y lo guardé un rato en la boca,
teniendo cuidado de no estropearlo
(Como hago contigo),
porque si lo muerdes
antes de hacerlo desaparecer,
el lugar donde lo has mordido
sangra una sangre delicada y marrón.
Cuando por fin lo mordí,
y lo mastiqué,
dejándolo perfumar mi cerebro,
nacieron entre mis dientes
20 ó 30 lotos más.