Tengo mil fotos que también podría incluir para dejar en claro mis relaciones con Carson McCullers, Clifford Odets, Sherwood Anderson y Alas Biddlebaum, Becket y Michael Ende y Howard Fast, entre infinitos.
Me gustan las palabras Rocamadour y Talita y Catala y Verano y por eso tanteo con el Julazo en los sueños y urdo recuerdos falsos con la maga en París, o aquí, a la vuelta de la esquina, en la plaza del Chorro de Quevedo, donde a veces me quedo un día completo viendo pasar lo rutinario, esa puesta en escena que no cesa.
Recuerdo a un alcatraz de nombre Pablo, a Glicerio Pana filosofándome en el Cabo de la Vela, a Eustorgio, el raicero de Guarando, a las gemelas chocoanas que iban cantando Atrato arriba, a todos los animales de la selva compartiendo maíz pocos minutos antes de una lluvia de estrellas en el Amazonas.
Bebí loa libertad en fuentes milenarias y aprendi a vivir entre los árboles con Italo Calvino.
Ahora ausculto a Saramago y me gusta encerrarme a leer toda la noche y todo el día y la noche siguiente y los días y las noches que siguen.
A veces salgo a la ventana y pienso en las mujeres de agua que se me fueron entre los dedos.
Me gusta casi todo, especialmente los escritores aprendices y el desparpajo de las muchachas generosas y espléndidas que me consienten y me untan cremas en la espalda y la devoción de las damas otoñales que llenan de hojas secas la cama donde siempre sueño y nunca duermo.
Me gusta la poesía que siempre me acompaña.
Conozco el mundo como la palma de mi mano aunque bien sé que nadie conoce la palma de su mano.
Tal vez conozco el mundo como la planta de los pies de las mujeres que vienen a buscarme para que les lea el futuro y acaban confesándome el pasado.
Gozo y respiro las palabras de San Juan de la Cruz, pienso siempre en Quevedo y en su soneto del amor más allá de la muerte; me regocijan El Bosco y Modigliani, igual Bukowsky o Celia Cruz, Van Gogh o Gómez Jattin, el unicornio y el piojo. Y me palpo la piel y aceptó que no soy más que un esqueleto jubiloso con ganas de cantar como si fuera el tempranero gallo de algún libro. |