Honda (Tolima) 1933 
   
         
Estudios

Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Bogotá. Escuelas de Madrid y París

Exposiciones

1957 X Salón Nacional de Artistas Colombianos. Sala Gregorio Vásquez de la Biblioteca Nacional.

1958 Bienal de Venecia. XI Salón de Artistas Colombianos (Premio Especial). Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, Ocho pintores jóvenes. I Exposición de Artistas Nacionales, Ibagué, Segundo Premio.

1959 XII Salón de Artistas Colombianos en el que obtuvo, con la obra Marionetas, un Premio Especial consistente en una beca otorgada por la Embajada de España

1962 Exposición de Pintores Figurativos, Washington D.C. Biblioteca Nacional, La Violencia.

1963 Galería Arte Moderno, Bogotá. Obtuvo el Segundo Premio en Pintura, en el Salón Gran Colombiano de Cali, celebrado durante el III Festival de Arte. Participó en el XV Salón de Artistas Colombianos y obtuvo el Primer Premio en pintura con el óleo Solo con su muerte.

1964 Galería El Callejón, Bogotá, La Violencia en Colombia.

1968 Galería San Diego, Bogotá, Monotipos. I Bienal de Pintura Coltejer, Medellín.

1969 En la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, participó en el XX Salón de Artistas Colombianos con dos monotipos y dos cuadros de técnica mixta con tema de violencia que fueron declarados fuera de concurso. Manuel Hernández también fue declarado fuera de concurso con su acrílico Insignia.

1972 Fue cofundador del Taller 4 Rojo, junto con Diego Arango y Nirma Zárate, donde realizaron trabajos sobretestimonio por medio de grabados. En mayo firmó el documento titulado Llamamiento a los artistas plásticos latinoamericanos, durante el Encuentro de Artistas celebrado en La Habana, Cuba.

1973 Participó en la exposición 32 artistas colombianos de hoy en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

1974 Participó en la exposición Arte y Política en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

1976 Museo de Arte Moderno de Bogotá, (Individual). Pintura Colombiana Actual, Museo de Arte de la Universidad Nacional. Galería Belarca, Bogotá, pinturas.

1977 La plástica colombiana en el siglo XX, Casa de las Américas, La Habana, Cuba. Salón de Arte 90 años de El Espectador.

1978 Galería Belarca, Bogotá, Hacia fuera entrando.
         
 
A VARIAS GENERACIONES
LES DÍ CLASES EN BARES Y BURDELES, Y NO PRECISAMENTE EN AQUELLOS SOFISTICADOS QUE FRECUENTABA TOULOUSE LAUTREC.
MI INTENCIÓN
ERA QUE APRENDIERAN QUE EL ARTE ES UN LATIDO, UNA RESPIRACIÓN
 
         
 


La persistencia de la memoria
Carlos Granada


Fragmentos tomados del reportaje realizado al pintor por Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio, publicado en la revista Común Presencia, Número 13/14

Después de la categórica orden impartida a Carlos Granada por los directivos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, promediando el año 1960, de omitir siete de los cuadros de su exposición bajo la acusación de perturbar la moral pública, el pintor irrumpió con medio centenar de estudiantes de Bellas Artes de la Universidad Nacional a las silenciosas instalaciones del lujoso recinto, y con arengas y gritos contra la moral burguesa, la represión religiosa y la moral conservadora, enfrentaron a los vigilantes y a los burócratas de la cultura,
y descolgaron todas las obras de la exposición que combinaba como siempre las dos miradas del artista sobre el mundo: el erotismo como símbolo de la vida y la violencia como cruenta expresión del reino de la muerte. Muchos de los sobresaltados lectores que se encontraban en la
     
 
El bombero. 1974c
Óleo sobre papel
100 x 70 cm
Biblioteca, ganados por la magia del escándalo, decidieron participar en la inesperada marcha quecomenzó su recorrido por la calle Once para desembocar en la carrera séptima, y gritando agudas consignas notaron cómo la multitud crecía a ver la surrealista imagen de los enormes óleos de Granada, de las exuberantes mujeres desnudas y de los cuerpos mutilados desfilando en lienzos por las calles céntricas. La manifestación se hizo incontrolable y decidieron exponer allí, a la interperie, en la esquina de la Avenida Jiménez, para todos los caminantes, la obra censurada. Los funcionarios públicos, los mendigos, las beatas, los niños que habían escapado de los colegios, los comerciantes, y todos los curiosos transeúntes, opinaban sobre la exposición callejera, y surgieron de todas partes oradores improvisados que subían a un atril previsto para los polícias de tránsito, a lanzar desde allí arengas contra la autoridad, contra los obispos y los políticos, e incluso no falto quien durante varios minutos, con oratoria torrencial, insultaba a los artistas oficiales del país, debatiendo sobre la importancia inalienable de la libertad del arte.

Era tan extraño el suceso que la policía no sabía como intervenir y luego de hacer un recorrido por la obra, ordenó la entrada de los carros antimotines y cuando uno de éstos se estrelló contra el más grande de los lienzos, la multitud enardecida sacó por la ventana al conductor del vehículo convirtiendo en jirones su uniforme. Tras el enfrentamiento vino la estampida, y los estudiantes corrieron con los cuadros a otro lugar de encuentro para reanudar la exposición errante que durante varias horas atravesó la ciudad hasta culminar en el estudio del artista.

CG: La memoria es lo que somos, es la única alianza que no podemos romper, porque sería desastroso que el hombre olvide sobre cuantos huesos y cenizas está parado. Pueblos como el nuestro, en donde se ha entronizado la religión del olvido, producen realidades atroces.

Debemos aprender a mirar hacia adentro y hacia atrás si queremos sobrevivir. Por eso la obligación del artista debe ser preguntar, reflexionar, perturbar y si es necesario agredir los falsos valores que sostienen un sistema que aún no ha podido convencernos.


El arte que se respete debe ser subversivo, y como nunca he sido pintor oficial, ni he pertenecido a grupos o cacicazgos, ni pretendo prebendas del poder, durante la Alcaldía de Virgilio Barco me cerraron otra exposición que estaba colgada en la Rotonda del Parque de la Independencia. Posteriormente por el escándalo que se armó, el director de una Galería que quedaba frente al Museo Nacional se interesó en la obra y al inaugurar la muestra asistió tanta gente que rápidamente llegó la policía. En ese momento para mí comenzó un proceso kafkiano donde se me atacaba una vez más de atentar contra la dignidad pública. Recuerdo de este episodio no sólo la prohibición de las directivas del periódico El Tiempo a todos sus redactores de mencionar el suceso, sino las constantes citaciones a declarar, expedidas por uno de esos jueces imbéciles y de doble moral que abundan tanto en nuestro medio (...).

Desafortunadamente en este país el arte ha sido doblegado, arrodillado a las clases dirigentes o a las imposiciones económicas. Es para decirlo con claridad, complaciente y débil. Nuestra sociedad fue asimilando a quienes no tomaron la rebeldía como su profunda actitud de vida. Sus víctimas fueron pintores de gran talento y fuerza expresiva como Alejandro Obregón, quien al final de sus días fue nuestro más reconocido artista oficial.

Esto es desdichado, porque de los óleos de Obregón a sus acrílicos hay mucha diferencia, de la fuerza de sus cóndores a sus búhos existe una distancia enorme. Y no es extraño en este tiempo en que todo se vuelve moda, subyugación, ver a escritores y pintores mendigando las prebendas del poder. Santiago Cárdenas, Maripaz Jaramillo, Enrique Grau y Manuel Hernández, para nombrar sólo algunos, renunciaron a sus exploraciones expresivas convirtiéndose en cultura oficial (...) La mejor pintura está en los suburbios, en la solidaridad humana, en las calles y barrios, en las pasiones y esperanzas de la gente común.


Marta Traba advirtió nuestra ausencia de crítica y se apropió de ese vacío inmediatamente. Aquí sólo los escritores opinaban de pintura, pero no existían especialistas en arte, y el conocimiento era tan precario que cuando vino una exposición de Piccasso a Bogotá no se vendió ningún grabado. Ella aprovechando esa circunstancia, quiso manejar el país cultural. Con su soberbia característica, empezó a lanzar improperios según su visión particular a veces equívoca y europeizante. Como era argentina y para el colmo venía de París nos quiso condenar a sus engañosas percepciones de un mundo extraño para nosotros. Recién llegada dictó una conferencia en contra del Muralismo Mexicano y de toda la pintura social. En un momento en que quisimos utilizar el arte para mostrar nuestra compleja realidad, ella quería imponernos algo externo. Para Marta Traba los problemas sociales no existían y ahora nadie lo recuerda- tuvo el cinismo de apoyar un golpe militar en Colombia. Algunos años después advino su decadencia y la gente dejó de creer en sus totalitarios conceptos, obligándola a radicarse en Caracas donde quiso montar el mismo tinglado que aquí, pero en Venezuela no tuvo éxito, y en pleno Salón Nacional un importante pintor se subió al estrado y le dio una bofetada que la derribó. Así termino su larga y excluyente dictadura.

El arte es un permanente asalto, una constante usurpación.

Guayasamín por ejemplo, se convirtió en una fórmula, en un tic comercial que nos recuerda el Cubismo. Grau hace varias décadas repite un mismo cuadro. Y José Luis Cuevas, además de copiarse hasta el hastío no ha hecho otra cosa que imitar a Orozco y a Guadalupe Posada. La reiteración es una aventura de la que muchas veces no se sale bien parado.

El atropello a la cultura no tiene límites es este país. La burocracia absorbe las invitaciones que son para los verdaderos artistas. Los políticos nombran funcionarios mediocres para los cargos culturales invistiéndolos para nuestra desgracia de un carácter eterno, porque al parecer nunca son removidos. El silencio es manifestado contra las manifestaciones artísticas más audaces mientras los medios de comunicación pretenden instaurar un mundo de autistas. El poder se ha fundido con la más rampante ignorancia, con la insensibilidad, y para hacer explícita mi idea, actualmente no existen en el Palacio de Nariño pinturas de autores nacionales, fuera de los reconocidos murales.

Los encuentros de los viajes siempre están provistos de poesía. Recuerdo con asombro el hecho de que todos los pintores marroquíes eran abstractos porque la religión les tenía prohibido pintar la figuración. Por otra parte me parece maravilloso encontrar a los colombianos por fuera del país. En una ocasión Fernando Botero quien fuera mi profesor en la Facultad de Bellas Artes me invitó a su estudio en Manhattan, en los felices días en que el Museo de Arte Moderno de Nueva York l
e acababa de comprar su primer cuadro. En ese mismo viaje durante mi exposición en la Galería de la Unión Panamericana en Washington, vi a David Manzur con su pintoresco promotor: el crítico cubano Gómez Sicre, quien orquestaba una secta de artistas homosexuales latinoamericanos. La anécdota es interesante porque a Manzur le estaban grabando un video, y delirante ante las cámaras y los numerosos presentes, se rasgó sus vestiduras y con los dedos se pintó un cuadro en el pecho. Luego en una visita a París, Luis Caballero me hospedó en su estudio y así tuve la oportunidad de compartir con él su mundo inteligente e irónico.

Darío Morales fue un alumno aventajado aunque era muy académico, al final lo vi en Europa padeciendo la angustia del prestigio. Jacanamijoy quien al comienzo era telúrico pinta ahora lamentablemente una selva al estilo Walt Disney. A varias generaciones les di clases en bares y burdeles, y no precisamente en aquellos sofisticados que frecuentaba Toulouse Lautrec. Mi intención era que aprendieran que el arte es un latido, una respiración.




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