(léase: La vaca que más caga), las injusticias de este mundo y del otro, y hasta contra un Congreso de Escribanos Católicos reunidos en Medellín porque los invitados se creían los poseedores de la verdad gramaticalmente revelada.
Nada lo doblegó en su lucha contra la libertad de la palabra, en su deseo de convertir la poesía en un planeta amable donde pudiéramos vivir antes de que explote esta bolita de estiércol en mil pedazos por culpa de los dueños del poder.
¿El poder para qué? “El poder para nada”, dijo Gonzalo en una conferencia. Alguien le tiro un huevo. Se agachó y el huevo dio en un retrato al óleo del General Santander, el Hombre de las Leyes. Entonces el profeta inspirado exclamó: Las leyes son cadenas, hay que romperlas.
Como gozó Gonzalo con ese Nadaísmo que llevaba bien metido en su cuerpo delgado como un rayo de luz venido del más allá. Y no era alto. Nosotros le molestábamos diciéndole que tenía que treparse en una caja de fósforos si deseaba besar a las mujeres que iba conociendo en el camino y que fueron muchas. ¡Y cómo lo adoraron¡
Nació en Andes, Antioquia, en enero de 1931, el mismo año en que los liberales echaron a su padre del puesto de telegrafista; vivía humildemente, sin ninguna ostentación y hasta sin reloj porque no quería saber la hora. Era un gran conversador, se quedaba hasta altas horas de la noche dialogando con los amigos sobre cualquier tema filosófico o sobre el amor. Le encantaba quitarle la piel a las ideas obsoletas que ya no funcionaban porque el mundo había que cambiarlo y si era posible destruirlo para que de la ceniza surgiera el Ave Fénix como afirmaba Nietzsche, el filósofo que mas influyó en el profeta de la nueva oscuridad.
“Soy Nietzscheano hasta en el modo de mear” me dijo una noche mientras descargábamos la vejiga en un burdel cerca al Capitolio. El Presidente de la República seguramente estaba orinando. Cuando vivía en la Perseverancia apenas llegaba a su habitación, de noche, con un pan francés siempre en el bolsillo, empezaba a teclear su “Olivetti” hasta que el hermano sol le amarillaba el rostro. ¡Cuántos manifiestos irreverentes, poemas alucinados y bellas cartas amorosas no surgieron de esos encuentros con su propia soledad¡
Se acostaba y después de que probablemente soñaba con Marilyn Monroe lo buscábamos en el “Cisne” (donde hoy queda la torre de Colpatria), para oír su mensaje que para nosotros era como un plato de espagueti con salsa de tomate, pues muchas veces ni almorzábamos por andar pensando en el redondo culo de la poesía.
Por ser contestatario, por escribir y afirmar lo que nadie en este país había dicho antes, fue conducido a la cárcel varias veces. Sus ideas iluminadas resplandecieron como relámpagos en muchas universidades y antros de perdición literaria porque creía que el nadaísmo había que regarlo por todas partes como si fuera una peste, única manera de salvar a Colombia del aniquilamiento mental en que se encontraba.
Yo lo acompañe a varios actos pánicos y amaneceres bohemios hasta que una mañana encontrándome en USA en retiros espirituales, recibí una llamada para informarme que no le fuera a enviar más cartas a Gonzalo porque no las iba a poder leer; se había ido de este cochino mundo. ¡Que tristeza! Se me llenaron los ojos de lágrimas. Iba en un taxi para Villa de Leiva, con Angelita, su bella mujer, cantante inglesa, cuando de pronto un bus-chatarra sin dirección, con un leve golpe le levantó la tapa del cerebro. ¡Su cerebro, el más genial de nuestra generación abierto al cosmos!
Imaginen ustedes, Gonzalo Arango, muerto un 15 de septiembre de 1976, tirado en una funeraria, sin poder pronunciar su frase favorita: “El ombligo, capital del mundo”.
Fue enterrado por sus amigos en Medellín, la ciudad que criticó por inhumana en ese bello texto titulado “Medellín a solas contigo”. En cambio amo mucho a Cali, a sus mujeres burguesas, a su río de donde bebió agua (afortunadamente no le dio tifo), ciudad que le inspiro el texto, “Cali aparta de mí esta caliz”.
Hace algunos años llevamos sus cenizas al cementerio de Andes. Dicen en el pueblo que ya ha comenzado a hacer milagros. A mi me lo hizo. Cuando regresé a Bogotá me habían robado el apartamento. Se robaron hasta la foto enmarcada de Rasputín que tenía colgada en la pared. No se robaron la pared porque Gonzalo es muy grande. ¡Dios lo tenga en el cielo!
Elmo Texto Cortesía Fundación Casa del Nadaísmo. |