SIETE ESPÍRITUS EMBRUJADOS POR EL ARTE
Por Jotamario Arbeláez
Cuando nadie se lo esperaba, porque a los luchadores empedernidos se acostumbra a darlos por muertos antes de sacarlos del ring, aquí vuelve Fernando Guinard a la carga, con su carga de plásticos, en busca de un lugar en la historia de nuestras artes, que cada vez más se nos desdibuja.
Podría decirse de los artistasque presenta en EL ESPÍRITU CREADOR, que algunos son -o han venido siendo- de los más representativos del país, si es que ello tiene alguna importancia en un país deshecho*, y otros van en camino de serlo. Igual podría decirse que ni los unos lo han sido, ni los otros acabarán siéndolo, para así recibir el primer aplauso de los presuntos afectados con el inesperado reconocimiento. Los que ya hicieron su trabajo, lo hicieron como mejor pudieron y ya no es hora de devolverse, y menos para tomar impulso. Los que aun van haciéndolo ya tienen su camino trazado, ya no tienen para donde salirse. Porque además el arte colombiano actualmente está disparado hacia tantas y tan contradictorias tendencias, que sería tendencioso detenerse en una de ellas. Cada una excluye a la otra. Y en estos siete artistas tampoco se encuentra una coordinación en la estética ni una constante en la propuesta, son flechas lanzadas con arcos diversos. El elemento que los une es la pasión que no cesa, una vitalidad desbordante, seguridad en sus pasos por el desierto, y el sincero desparpajo del autor para ponerlos en primer plano.
Vivimos del arte en el período crítico. Del crítico que pretende orientar a los artistas y de paso desorientar a las galerías. Y no digo que viceversa, porque pintor que se deja desorientar de un crítico termina siendo pintora. Y muchos pintores crecidos se tornan en más críticos que los críticos para amurallar su mercado. Ni a Botero se le perdona el que se haya convertido en el pintor más famoso del mundo, emulando a Picasso. A Obregón se le conceden unos cuantos años de gracia. A Grau no se le menciona por más que siga vendiendo. Y no sigamos con los monstruos porque de pronto se nos olvida hablar mal de alguno. Aquí cada cual se limpia los zapatos con la obra de los demás. Para nadie pueden tener significación los juicios valorativos. Y menos formulados por alguien que, en el mejor de los casos, es un mero perturbador. Pero a lo mero mero, vamos andando.
Ya Guinard, que más que galerista es un promotor obstinado, se había propuesto el libro de plásticos desbordantes y poetas rijosos, El Espíritu Erótico, que después de muchos cortejos y no pocos cortes logró coronar con ardentía, y hoy se encuentra más agotado que el autor. Quien fundó además y mantiene, vivito y coleando, el Museo Arte Erótico Americano (MaReA) donde se desempeña como curador amantísimo y como amante incurable.
Desde hace más de treinta años Guinard tiene una pelea casada con la burocracia del arte oficial, contra la academia, contra el abstracto, contra la vanguardia, contra todo lo que le huela a consagración o triunfo ficticio. Da la lucha por los artistas que se han estrellado contra la muralla. Porque según se huele, es una muralla que allí no estaba. Alguien se encargo de ponerla. De allí que sus realizaciones tengan un aire pendenciero, más allá de la labor difusora que se propone.
No es un escritor propiamente Guinard, pero para contradecir las falsas verdades del arte colombiano le basta con ser un contradictor. Y en el camino ha encontrado aliados valiosos, entidades y personalidades, como la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales U.D.C.A. y su rector Germán Anzola Montero. Ellos se han echado sobre los hombros, en gesto institucional digno de respeto, que trascienda la vindicta de un solitario.
Queden pues aquí encerrados, pero con la facultad de moverse, estos artistas que desde siempre han estado inscritos en los vaivenes del arte colombiano como en los bordes de sus obras. Augusto Rendón, quien manifestó su rechazo a la injusticia y la violencia oficial con el más intenso alarido erótico y la violación de las formas, como lo hicieron con distinta lezna sus contemporáneos comprometidos: Carlos Granada, Pedro Alcántara, Norman Mejía, Umberto Giangrandi, y sin ir más lejos, no más hasta su tumba reciente, el inconmensurable Leonel Góngora. Ángel Loochkartt, en su estado de permanente gracia, devolviéndonos con una ternura punzante y la técnica de la pluma de cañón de sus alas a los encantos del perdido paraíso pagano. Carlos Enrique Rodríguez Arango recreando al cincel el chispazo máximo de la pintura como es el encuentro de las puntas de los dedos del creador y su inicial criatura. Manolo Colmenares García con la malicia indígena de su ancestro acudiendo a las referencias bromistas del modernismo para esculpir el viento de sus rituales musicales. Eduardo Emilio Esparza resolviendo los tótems de las mitologías con los propios de su subconsciente en pleno hervor de flores carnales. Fernando Maldonado tratando de "parar el mundo" en la uña como legendario delegatario de los umbrales del misterio para sembrar en nuestra contemplación un asombro de sábila ante lo surreal cotidiano. Alejandro Hernández Pinto desde sus susurrantes carboncillos sugestivos como una emoción diluida, hasta sus rotundos bloques escultóricos en los que vibra la materia al entrar en contacto con la perennidad que modela.
Dios los cría para que Guinard los junte. Los exalte y los revalore. Es el final feliz que busca este libro. Si se cumple, habrán subido un punto los precios. Si no se cumple que Dios nos perdone.
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