A principios de los noventa Bouhot trabaja la serie Instancias del éxtasis: bellas muchachas despiertas cuyas formas son aprisionadas por los contornos delineados que exaltan los volúmenes sensuales corporales; muchachas retrecheras a los requiebros de los amantes expresan en sus rostros los gestos que gimen y exaltan su erotismo solitario inmersas en planos floridos y colores bouhotianos.
Luego, a mediados de la década de los noventa, en la Galería de la Aduana en Barranquilla, Bouhot muestra la serie Los carnavales, hija de los orgasmos de aquellas muchachas que copulaban con el espíritu santo y con el espíritu erótico. Continúa con el lenguaje de la mascarada.
Los humanos llevan una máscara que les impide expresar el dramatismo de los gestos, sin embargo los rituales enmascarados, antropomorfos y zoomorfos, humanizan los mitos fabulosos y simbólicos.
En comunidades del África negra como Guinea, Congo y Angola, existían y existen clanes totémicos que cumplen funciones religiosas, mágicas, políticas y sociales, diferenciados por la variedad de sus antepasados míticos de origen animal o vegetal. Los nombres de los clanes tienen que ver con los totems León, Leopardo, Cocodrilo o Mono, entre otros. En Cuba, por ejemplo, estos ancestros se manifiestan en comparsas cuyos nombres tienen que ver con la Culebra, el Pájaro, el Sapo y el Alacrán.
Las danzas de Congos del Carnaval de Barranquilla tienen sus orígenes remotos en las teogonías del África negra, y los inmediatos en los cabildos de los negros bozales de Cartagena colonial. Se caracterizan por la presencia de hombres disfrazados de Toro, Tigre, Burro, Chivo, Perro; incluso de Monos con su libidinosidad. Las máscaras son de madera y quienes las llevan gesticulan e imitan los sonidos propios del respectivo animal.
Debido al sincretismo con las culturas indígenas, en los carnavales también desfilan los chamanes, o shamanes, adornados con pintura facial, tocados de plumas y bastones rematados por sonajeros, sacerdotes que se transforman en seres mitológicos y felinos de largos colmillos, falos grandes y circuncisos con ensanchamientos artificiales de la uretra.
En los Carnavales mundanos también se ven máscaras de rezanderos que representan a Dráculas, emperadores, reyes, papas y dictadores, animales divinizados, genocidas temerosos de Dios que deambulan por festivales vallenatos y festividades en compañía de enmascarados con el rostro de la paciencia.
En los Carnavales de la realidad los humanos desfilan con máscaras impuestas por los fabricantes de normas sociales, modas y moral; las vemos a ellas disfrazadas de estrellas, senos y nalgas con prótesis de silicona para atraer la libido desbordante de los patrocinadores, pintarrajeadas con coloretes y lápices faciales, y sombras para oscurecer las miradas, y orejeras, y collares, y sonrisas falsas para atraer los encantos de los hombres disfrazados de ovejas metrosexuales.
“El sistema cubre sus fallas con la máscara sonriente de los políticos. El pueblo lleva la máscara de su resignación y los detentores del poder la propician, temerosos del día en que aparezca el verdadero rostro”, dice mi gran amigo el antropólogo Álvaro Chaves Mendoza, ganador del Primer Premio Nacional de Arqueología. |