Mi obra se basa en una serie de piezas escultóricas ensambladas, desde un imaginario lúdico, por una serie de objetos simples, aquellos que siempre están presentes en nuestra cotidianidad, habitando nuestro entorno y constituyendo nuestro ideal de casa, de sitio de trabajo o de ciudad. Una poltrona, la mesa, el rodadero de parque infantil, la butaca, las bombillas, los matamoscas, los rastrillos, los acuarios virtuales y espejos, las telas de colores neón y las plumas, ranas y guantes de caucho, estructuran una especie de ‘flora’, colorida, luminosa y sonora objeto que incita al espectador a encontrarle un sentido de identidad personal.
Los muebles de hogar, poltrona y mesa de madera, pierden su vocación inicial y como estructura básica, prestan su esqueleto para ‘travestirse’ en un nuevo objeto, que se va cubriendo con chillonas telas, plumas y accesorios de diversos colores y texturas, hasta adquirir su personalidad escultórica como una flora bizarra, evidentemente asociada con la estética visual de la cultura citadina y popular.
Sin dejar de revelar una construcción elaborada a mano, con intenciones marcadamente estéticas, la escultura exhala, desde su colorido cuerpo, un aire familiar con las bulliciosas y engalladas busetas, el mercado del cacharro popular, los objetos elaborados para la comparsa, el teatro de sala o de títeres, la colorida parafernalia del espectáculo circense, y, en otra dimensión, estaría también emparentada con los cuerpos creados por la moda, además de referir a lo decorativo del mundo de lo queer, no solo en un sentido sexual sino en relación con la iconografía bizarra de lo kisch.
Los extravagantes diseños y los exagerados colores sonoros, explotan en algarabía cuando el observador, al aproximarse a la escultura, opera un sensor eléctrico que enciende la parafernalia luminosa, instalando definitivamente su sentido popular y situando la sexualidad en un territorio de juguetona ironía y de evidente humor. Sebastián Pérez Vásquez
Maestro en artes plásticas UN |