Artistas
Jaime Barrios Carrillo
 
     
Ciudad de Guatemala, 1954
     
 



Vive en Estocolmo desde 1981, licenciado en filosofía y antropólogo social, columnista de Siglo XXI.

 
 
 
 Lo erótico es desvestir

Admirar esas mujeres que yendo vestidas, nos hacen creer que van desnudas.
Enrique Gómez Carrillo/ Crónicas

Adán y Eva no fueron expulsados del Paraíso, sino se fugaron.
Luis Cardoza y Aragón/ El Río

La “Charia” es en realidad un código de conducta, basado en la creencia de que la religión islámica es la base del derecho. No es desde luego la única vía de interpretación y aplicación del Islam pero si la más conservadora.

En tiempos de terrorismo de Estado, los censores necesariamente no resultan ser los ciudadanos más provos. Ni los más solventes en la moral ni libres de crímenes y corrupción. Cuando el Estado censura suele retirar primero el material en cuestión y termina retirando a sus autores de la circulación. Durante años, vimos las páginas de los diarios latinoamericanos, fotos de cuerpos descuartizados, cadáveres desnudos de  torturados, de fusilados en procesos extrajudiciales. La censura no veía obscenidad alguna en esas imágenes. Nos acostumbramos a convivir con el horror después de décadas de guerra interna y psicológica. 

Pero hablemos de la “Charia”. Para quienes no lo saben, fue impuesta por los talibanes a las mujeres de Afganistán. Se materializa, cotidianamente, en la obligación para las mujeres de usar un  vestido que sólo deja un resquicio para orientarse en el exterior. La desobediencia podía ser motivo de ejecución pública durante el régimen talibán. En una publicidad europea una modelo europea revelaba no sólo sus deseos, sino insinuaba su hermosa desnudez, escondida bajo esas indumentarias. Recibió amenazas anónimas de personas ofendidas por un pretendido insulto a la “tradición del Islam”. Las amenazas siempre bastarán para que sean consideradas violaciones de la integridad humana. Caso extremo de estas islamiadas fundamentalistas, es la condena a la pena de muerte por Tribunal de Fuero Especial Islámico contra el escritor hindú Salman Rushdie, por su libro Versos Satánicos, supuestamente un texto blasfemo contra el Islam. El libro de Rushdie se ha vendido empero como pan caliente y traducido a los idiomas más importantes.

Pero no es la pornografía lo que persiguen los talibanes y otros furibundos defensores de la moral, sino la sensualidad y en esencia la presencia de lo erótico, que les resulta insoportable. La pornografía es la representación de lo directamente sexual, en muchos casos convergiendo con lo obsceno. La definición de la obscenidad resultará siempre menos precisa. La famosa película “Emanuelle” mostró que la pornografía no era solamente biología sino que la sensualidad (imágenes, palabras, actos, música) podía crear y recrear la magia erótica en base de mostrar el sexo más abierta y directamente. El cine se presta sin duda para el erotismo, al privilegiar el sentido de la vista, reforzado con el estímulo del oído. La realización de algunas de las fantasías de la actriz Silvia Christel, por ejemplo, forma parte del género de lo erótico como medio de expresión .Y la línea divisoria entre lo porno y lo erótico se vuelve una cuestión de gusto, con el aditivo que entre gustos no debiera haber disgustos. Lo obsceno, en cambio, se caracteriza por ser representativo y portador de elementos perversos: la sexualidad al servicio de la patología. Pero la percepción y definición de la obscenidad no es solamente un mecanismo individual, sino en alto grado cultural y social. Para los talibanes una mujer que muestra sus rodillas y su rostro estaría realizando un acto obsceno. Ya no digamos si se tratara de un bikini minúsculo, azul como el cielo o una tanga blanca que ponga los ojos de la gente en la albura que cubre lo prohibido. Qué dirían los talibanes de un campo nudista o de una modelo ante un grupo de estudiantes que dibujan. Todo está en la percepción del que observa. La percepción sería de obscenidad para un talibán, que desde su visión fundamentalista, sataniza. Y levantaría los tres dedos de la mano derecha para gritar con histeria, en un acto de fanatismo ritual: no mirar, no escuchar, no hablar. Y con un cuarto dedo apretaría el gatillo.

En el arte no puede haber hipocresía. La verdad artística es, sin duda, esencial. Lo pornográfico es para decrépitos, pregona el poeta Cardoza y Aragón. Y agrega: “lo erótico no es el desnudo sino desvestir”. Porque lo directamente biológico, el acto sexual y sus variantes,  es la base de la pornografía. Una amada dice: “Qué bello y dulce eres tú, ¡oh amado mío! Nuestra cama es frondosa”. El pasaje no es del Kamasutra sino de la Biblia. Todas las literaturas y tradiciones abundan en obras y pasajes sobre el placer sexual. En muchas obras clásicas la desnudez representa inclusive la perfección, desde la escultura grecolatina hasta los óleos  de Freud, el nieto artista de Freud.

El sexo se vuelve un producto luminoso en épocas sombrías de la humanidad. Un privilegio con una cotización en las bolsas de comercio de casas especializadas. Hay para todos los gustos y posibilidades. La nocividad de un tipo de información a ciertas edades es objeto de debate de actualidad europea. Una reciente encuesta entre adolescentes mostró que la mayoría pensaba que el coito anal era una forma normal de relación heterosexual. Muchos videos insisten sobre esas posibilidades que no son por ello más naturales, o menos. ¿Qué es lo natural? En los años noventa, una amiga vio a un grupo de gentiles sexagenarios europeos jugar con niños en una playa del lejano oriente. Años después los medios de comunicación denunciarían el escándalo del turismo sexual. Esos servicios están dirigidos a los estratos sociales más afortunados. Los cincuentones escandinavos, holandeses o alemanes que en Tailandia encuentran el paraíso sexual a cambio de pagar.

Reprimir un delito calificado no constituye gran arte. En cambio calificarlo, identificarlo y legislarlo es un proceso complejo y exigente. Leyes contra la expresión corporal y artística suelen ser flagrantes violaciones a la libertad de expresión, y retrocesos medievales del orden pacato y beligerantemente conservador. En muchos casos la definición de “la obscenidad” resulta sin embargo muy difícil. La censura incita a la divulgación pública clandestina.
 
No hay atractivo más grande que un tabú. Y lo que menos se puede resistir, lo dijo Oscar Wilde tantas veces, son las tentaciones. “Goza y no te tientes el alma por gozar y ríe también mucho”, rezaría el refrán del sibarita perdido en las verdaderas noches de Bagdad (no las de Sadam ni la de los  bombardeos de Bush) sino aquella de las famosas mil y una noches. La risa excita, por eso se recomienda carcajearse hasta el orgasmo. Leer de paso a Sade y a Master y Johanson,  pero no dejar de leer en la misma percepción, porque, y repetimos: “la belleza está en el cerebro del que la contempla”. Todo lo bello es racional, diría Hegel. Todo lo racional sería entonces bello y coincidirían la estética con la ética y la erótica, en una triple filosofía más allá de la censura primitiva de la “Charia” y de la también sofisticada y cruelmente legislada desde los conventos y seminarios católicos. 

   
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