varios años con tanta energía, por no decir brutalidad,
que finalmente se han infiltrado entre artistas cultos (un caso
patente es el del actual trabajo de Frank Stella), y han obligado
a la comunidad a familiarizarse con el desorden,
el carnaval y la violencia sin ley como ha sido el caso ya admitido e institucionalizado de las pinturas del metro
de Nueva York.
Pero en Colombia está tendencia no se ha dado. Tuve ocasión
de conversar largo con Clara Inés Ángel, quien estaba
por completo al margen de lo que pasaba en otras partes, y no tenía
la menor idea que los espacios ambientales con serpentinas, confetis
y pegotes de papier maché de cualquier calibre fueron elegidos
por los museos para las bienales norteamericanas celebradas en el
81.
¿Cómo puede apreciarse una obra semejante? En la brutalidad
de Las mal sentadas, en su sexualidad ofensiva, en el carnaval
de la luna, en la acumulación de materiales de cualquier
naturaleza, de collares sucios y colores chirriantes, se define
otra cosa, que no se puede calificar con los mismos patrones de
las obras convencionales. Corro el riesgo de que de halla dado en
Clara Inés Ángel por casualidad y que no tenga la
persistencia para sistematizar ese mal gusto y esa ofensa como un
sistema externo de ruptura, único capaz de consolidar la
anarquía espontánea. Pero tal riesgo se corre siempre
con una artista joven que hace su primera exposición y es
más importante para mí equivocarme junto a ese artista
que dejarlo sólo. Para hacer este trabajo se necesita coraje:
es bueno que el público esté informado de que las
formas de ruptura han llegado a puntos límites, y que la
expresión artística se tonifica a través de
múltiples vías, que van desde el talento renovador
hasta subversiones desenfrenadas.
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